Asume las consecuencias de tus actos

Es tan fácil culpar a los que nos rodean, al destino, a la situación del país, a nuestros gobernantes, a la mala suerte, a todo mundo incluido a Dios y todo su ejército de ángeles y santos, menos a uno mismo. No somos capaces de reconocer que nuestro presente y nuestro futuro siempre estarán marcados por las decisiones que tomamos día a día, no somos capaces de aceptar las consecuencias de nuestros actos, ya que eso significaría declararnos culpables ante la corte global, ante el mundo entero, pues.

¿Por qué es tan complicado aceptar que somos culpables de la mayoría de las cosas que nos suceden? Y digo ‘la mayoría’ porque no estamos exentos de sufrir algún accidente producto del estado de ebriedad de alguien más o de cualquier circunstancia ajena a nuestro entorno. Pero el 99 por ciento de lo que nos sucede es culpa, simple y sencillamente, de nosotros. Pero eso jamás lo vamos a aceptar, y menos declarar frente a un jurado que nos señalará y nos recordará en cada momento que no hay otro culpable más que nosotros.

Recuerdo que el tío de un amigo se encontraba hospitalizado y lo acompañé a visitarlo, había sufrido complicaciones con su enfermedad, pues se le formaron úlceras por presión. El señor se quejaba de su mala suerte, otras veces se quejaba de que en su trabajo se la pasaba sentado y que no ganaba lo suficiente para hacerse los exámenes médicos correspondientes. Entonces su sobrino se molestaba ante las constantes quejas de su tío y le recordaba que él no había sido cuidadoso con su salud, pues no hacía ejercicio antes o después de laborar, tampoco en fines de semana; le recordó que nunca le bajó a la cantidad de cigarros que se fumaba y que su alimentación no era la más sana, ya que comía siempre en la calle, según él porque no le daba tiempo de prepararse algo para llevar a la oficina. Mi amigo fue su jurado y su familiar el juzgado. Desconozco si el tío entendió lo que su sobrino quería decirle, pero tenía que aceptar que era su culpa y no podía poner pretextos para culpar a alguien más por sus acciones.

Pongamos un caso más extremo, imaginemos a una pareja de asaltante que se adentran a una tienda y sacan sus armas para amedrentar al encargado y a los presentes, uno de ellos comienza a ponerse nervioso ante los movimientos extraños de un hombre que estaba en dicho lugar como comprador, pero con un cuerpo musculoso que podría hacerle daño si se le echaba encima. Su amigo le grita que si ve algo raro dispare, entonces jala del gatillo y le destroza el cráneo al chico. Cuando son atrapados por la policía, su defensa es que su compañero lo obligó a disparar y que en combinación con el nerviosismo, no se pudo contener y disparó por accidente.

Todo son sólo pretextos para no asumir nuestra responsabilidad, porque creemos que si culpamos a alguien más, es como una forma de aliento, de engañar a nuestra mente de que no importa lo que hagamos, siempre es culpa de alguien más, nosotros hacemos las cosas bien.