Messi le dice adiós al fantasma del Chelsea

Decidí tomarme un descanso y no asistir a mis cursos de inglés online a que jugaba el Chelsea contra el Barcelona en la Champions League. En el duelo, Lionel Messi por fin pudo marcarle un tanto a los blues, equipo al que no había podido anotarle, por lo que al recibir un extraordinario pase de Andrés Iniesta sacó un zurdazo para vencer a Thibaut Courtois e ir a gritar su tanto. Lo gritó por dos razones, la primera porque fue el empate a unos y la segunda porque se estaba quitando un demonio de encima, el cual era no haberle anotado al conjunto inglés. Esto me hizo recordar una historia similar, aunque no de la talla de la Champions League.

Hace algunos años, cuando aún jugaba en un equipo de futbol, había un equipo al que nunca había podido anotarle gol. Ya le había marcado a todos los de la Liga, pero a ese en especial no podía. Es como si una maldición rondara sobre mí cada que nos enfrentábamos. Cada tiro que realizaba, cada remate de cabeza, cualquier intento de mi parte iba directo al poste o el guardameta se lucía y desviaba el esférico. Me sentía frustrado, sobre todo porque cada que realizábamos los clásicos saludos previo al cotejo, algunos jugadores del equipo contrario que ya conocían mi historia con ellos me hacían burla. Eso me sacaba de quicio, me hacía enfurecer previo al duelo, lo que también provocaba que me desconcentrara. En lo único que podía pensar era en anotar, anotar y anotar. Me volvía un individualista cuando nos enfrentábamos a mi némesis.

Un día decidí que si no podía anotar, lo que iba a hacer era dar pases, aunque estuviera solo frente a la portería. Esa vez la primera llegada que tuve fue un mano a mano, me quité a un par de defensas y quedé solo frente al portero, amagué como que iba a disparar pero al final di un pase al segundo poste y un compañero llegó a empujarla. Después, durante un tiro de esquina, me levanté para rematar de cabeza, ya le había ganado en el salto a mi defensor, pero en vez de dirigir mi remate al arco, lo retrasé y un compañero sacó un riflazo que se fue directo al fondo de las redes. A los 30 minutos del segundo tiempo, recibí un pase filtrado bombeado, no había de otra más que disparar a puerta, pero no tenía ángulo y un defensor ya venía corriendo hacia mí, así que saqué el disparo potente pero no le di dirección a portería, sino al manchó penal, ahí un defensa metió el pie y anotó un autogol. Ya había participado en tres goles y no me importaba festejar uno mío, deje de pensar por fin en esa obsesión de anotarle a mi archirrival. Ya en el tiempo de compensación, con el marcador 3-1, me volvieron a enviar un pase bombeado, sin pensarlo le metí el empeine y sin desear el gol, incrusté la bola en el ángulo, quitándome por fin la malaria. Me quedé anonadado, con los ojos bien abiertos, como ido, hasta que sentí que varios compañeros llegaron a abrazarme y lo celebré con ellos. Adiós al fantasma.